Cambiar la postura ante la vida.
Las situaciones que nos impactan emocionalmente suelen invitarnos -en el mejor de los casos- o empujarnos -en los más dramáticos- a cambiar. Cuando atravesamos una crisis, una transformación o un salto hacia una nueva forma de ser y estar, la vida nos propone modificar nuestra postura.
La postura corporal tiene que ver con la forma que adopta el cuerpo y esta última se crea a partir de nuestras experiencias.
Las experiencias de vida primarias estructuran el cuerpo. Si bien existe una base genética en nuestra estructura, las influencias del entorno, los vínculos y los estados emocionales también modelan la manera en que habitamos el cuerpo -así también lo hicieron con el cuerpo de nuestras ancestras.
Muchas veces venimos de historias atravesadas por el miedo, el silencio, el rechazo, las pérdidas o la desconexión. Venimos de personas que se relacionan y, muchas veces, de conflictos. Venimos de la vida. Y la vida es compleja. Vivir duele y crecer también.
Es justamente en ese crecimiento donde el cuerpo comienza a expresar, muchas veces silenciosamente, aquello que hemos vivido y heredado. Cada etapa vital deja marcas, transforma nuestra manera de habitar el cuerpo y modifica la forma en que nos percibimos.
Por este mismo motivo, crecer es tan desafiante. En la Psicología del Desarrollo, los momentos de transición -de bebé a niña, de niña a adolescente, de adolescente a joven, de joven a adulta son hitos fundamentales. Son etapas de gran complejidad, donde los cambios no solo son físicos, sino también psíquicos. Cuando el cuerpo cambia, también lo hace el psiquismo y, con él, la autopercepción. Al crecer, vamos dejando atrás “pieles” que ya no nos representan.
La postura brinda una sensación de identidad, y esa identidad nos da seguridad, incluso cuando ya no nos resulta del todo cómoda. Uno de los grandes desafíos en un proceso terapéutico es poder mirar esa identidad que hemos construido. La identidad organiza el psiquismo, le da estructura, pero también puede volverse rígida o quedar desactualizada. Por eso, atravesar su
transformación implica, muchas veces, una “muerte simbólica”: un duelo por aquello que dejamos de ser.
La estructura ósea, el apoyo de los pies -hacia el borde interno o externo-, la posición de las rodillas -tensas o flexibles-, la pelvis hacia adelante, hacia atrás o contraída-, o la forma de la columna, entre otros aspectos, narran lo que nos sucede. El cuerpo nos cuenta sobre nuestra historia y conocer nuestro cuerpo-territorio se convierte en una brújula.
Cambiar una postura interna está profundamente ligado a un cambio estructural. Cuando trabajamos con el cuerpo y nos abrimos a la posibilidad de habitarlo de una manera distinta, también comenzamos a posicionarnos de otro modo frente a la vida y las situaciones.
Modificar nuestras estructuras no es sencillo. El trabajo psicosomático nos acerca a esa posibilidad, integrando cuerpo, emoción y pensamiento. Cambiar la postura no es solo un proceso corporal, sino también emocional y mental. Implica preguntarnos:
¿De qué me he tenido que defender para adoptar esta postura? ¿Cómo se resiste mi cuerpo cuando intento abrirme a lo nuevo?
Es importante reconocer que esa postura, en algún momento, garantizó nuestra supervivencia. Nos sostuvo en el desarrollo o frente a experiencias difíciles de asimilar. Hay vivencias que el sistema emocional no logra procesar completamente, y el cuerpo responde: se endurece, las fascias pierden hidratación y flexibilidad, las articulaciones se vuelven menos móviles.
Por eso, para que el cuerpo pueda volver a abrirse, es necesario crear ciertas condiciones. Esto implica desarrollar una actitud compasiva, basada en la escucha más que en la exigencia.
Algo clave en este proceso es comprender que, al entrar en la dimensión somática de la experiencia, no hay un objetivo al que “llegar”. Cultivar la conciencia corporal requiere paciencia y respeto por el ritmo del cuerpo, que no es el mismo que el de la mente. La mente busca resultados, quiere corregir lo que percibe como un problema. El cuerpo, en cambio, funciona de otra manera. Los cambios aparecen cuando podemos completar e integrar el ciclo emocional que quedó interrumpido.
Postura corporal: cuando el cuerpo comunica el lenguaje del inconsciente.
Existe una relación entre la forma de nuestro cuerpo y nuestro inconsciente. La experiencia vital va moldeando nuestro cuerpo y hay situaciones que son recordadas y narradas por el Yo (ego), que quedan en el plano consciente y otras que quedan negadas y reprimidas, también por el Yo, ya que son una amenaza contra la identidad construida. Lo que queda reprimido, es expresado por lo que conocemos como inconsciente corporal.
Cuando un aspecto necesita ser reprimido, es por que esa experiencia trae una carga emocional elevada que se convierte en una amenaza. Hay personas que viven con los hombros constantemente elevados, como si estuvieran preparadas para soportar tensión todo el tiempo. Otras sienten el pecho cerrado, la respiración corta o una rigidez permanente en la mandíbula y la pelvis. En todos estos casos, estas formas corporales no aparecen de un día para el otro, sino que se han ido estructurando en el tiempo para responder a determinadas experiencias.
Las emociones reprimidas también moldean la forma y se alojan en los lugares de tensión muscular. Conocer sobre nuestras tensiones, se convierte en un mapa que nos permite descubrir nuestro territorio corporal e hilvanar nuestra historia. Cuando nos abrimos a la información inconsciente desde el cuerpo, se nos abre la posibilidad de cambiar de postura.
Desde la mirada de CasaCuerpo, el cuerpo es un espacio sagrado que puede ser escuchado y la postura corporal es una puerta de entrada al autoconocimiento.
Postura corporal y emociones.
Las emociones son el nexo entre el cuerpo y la mente. Cuando experimentamos una emoción, la sentimos en el cuerpo: aumenta la energía y entramos en calor cuando transitamos enojo, el cuerpo se contrae y tiembla frente al miedo, nos abrimos y sentimos ternura frente al amor.
A su vez, la emoción está ligada a una representación ¿qué es aquello que la despierta? Muchas veces, lo que activa la emoción se hace evidente. Otras, aparece como material inconsciente que necesitamos indagar.
Cuando existe un corte entre la emoción y la representación, tenemos frecuentemente un nudo en la garganta o tensión en la base del cráneo y esto va creando una postura que la podemos percibir cuando miramos un cuerpo.
Si cada vez que aparece la emoción hacemos fuerza con todo el cuerpo para no sentirla, dejamos de respirar, tensionamos la musculatura para que las demás personas no se den cuenta sobre lo que nos pasa, y lo repetimos inconsciente en el tiempo, entonces nuestro cuerpo se va modificando. Cuando no podemos comunicar lo que nos pasa entonces nos encontramos frente a un conflicto entre lo que pensamos y lo que sentimos. ¿Qué genera esto? Dificultades para expresar lo que nos pasa, problemas a la hora de relacionarnos con otra persona en la intimidad, confusión, entre otras.
Nuestras emociones son sensibles y crean estados. Aprender a gestionar nuestras emociones -sin reprimirlas ni negarlas- es un verdadero arte. También nos permite acercarnos a las demás personas desde nuestra verdad. Lo qué pasa en nuestro interior- sensaciones, movimientos- tiene todo que ver con quienes somos y con cómo sentimos la vida.
A su vez, en la medida que nos permitimos sentir eso que quedó atrapado en nuestros tejidos y fue creando la forma de nuestro cuerpo, también se va suavizando la tensión y si hacemos un trabajo profundo, podemos cambiar de postura.
Abrir la emoción para transformar la postura.
Existen varias técnicas y ejercicios que colaboran con la higiene postural y que pueden ser útiles. Sin embargo, cuando la tensión corporal tiene una raíz emocional más profunda, la corrección mecánica no es suficiente para generar cambios estructurales.
Trabajar la postura corporal desde una mirada integral implica más que alinear músculos y articulaciones. Requiere desarrollar la escucha y la consciencia corporal para registrar qué sentimos y comprender qué intenta expresar el cuerpo a través de esa forma de habitarse para darle lugar a las emociones profundas.
En CasaCuerpo, este proceso se aborda desde una perspectiva que integra cuerpo, emoción y conciencia. No se trata de forzar cambios ni de perseguir una postura perfecta, sino de generar condiciones para que el cuerpo pueda flexibilizarse gradualmente, recuperando movilidad, respiración y presencia.
A veces, transformar la postura no significa enderezar el cuerpo, sino dejar de sostener aquello que ya no necesitamos cargar. Cuando el cuerpo deja de defenderse, podemos comenzar a habitarnos.

